Y tú... seguirás indiferente?



Nos encontramos en un momento de crisis, miedo e incertidumbre a raíz de la epidemia de COVID-19. Más aún en un país como México donde la integridad de sus habitantes peligra no sólo por el virus que azota al mundo entero, sino por el desequilibrio económico que se avecina.


El virus nos ha demostrado dos verdades irrefutables. Vivamos en dónde vivamos, sin importar nuestro color de piel o creencias, todos somos humanos y todos estamos juntos en esto. Pocas veces antes podríamos imaginar a todo el planeta hablando de lo mismo. Hoy todos somos vulnerables. Seamos humildes y empáticos.


Al mismo tiempo este virus ha dejado más que claro que hay algunos que son más vulnerables que otros. ¿Cómo lavarse las manos sin agua? ¿Cómo quedarse en casa si se habita en hacinamiento, en una situación de violencia familiar o simplemente porque se vive al día y hay que salir a trabajar? Que esta epidemia nos sirva para ver la terrible desigualdad que existe y con la que hemos aprendido a vivir sin cuestionarla.


Ahora nos damos cuenta que son los que no pueden quedarse en casa, los más expuestos, de los que necesitamos más. Comerciantes de alimentos, recogedores de basura, personal de limpieza, entre muchos otros. Entendamos de una vez no somos nada sin el otro, sólo la fraternidad nos levantará. Lo vemos claramente en estos días: Jóvenes tomando precauciones para cuidar de los mayores o doctores, enfermeras y cientos de profesionales de la salud poniendo en riesgo su vida para salvar a los demás.


Y cuando esto pase, porque va a pasar, no podemos volver a la “normalidad” porque eso es lo que nos ha traído a esta crisis, no sólo sanitaria o económica, o incluso delictiva sino fundamentalmente una crisis de valores. Este tiene que ser un punto de inflexión para el mundo y para México.


Como mexicanos hemos salido adelante de muchas crisis, por ejemplo el temblor del 85 o el más reciente ocurrido el 19 de septiembre de 2017 que cobró muchas vidas. Pero al final, cuando las cosas se restablecen, volvemos a la apatía y el egoísmo. ¡No más! Aprendamos a valorar el trabajo de cada individuo y darle un trato digno. No seamos cómplices del miedo, sino de la fraternidad. Volteemos a ver al menos afortunado y seamos solidarios. Démonos cuenta del poder que tenemos como sociedad. Entre todos podemos bajar la curva de contagios, entre todos podemos trabajar por un mejor país.


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